Yo no le amé cuando nació.

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Nunca quise ser madre; de a veces, aún no quiero serlo.

MAYO 2017

He considerado que hay mujeres que nacen con un instinto maternal y otras no. Siento que nací sin ese instinto. Siento que nací sin esa brújula biológica que, por lo que he percibido desde mi infancia, tienen todas las mujeres que admiro. Sin embargo, yo no tengo esa facilidad de discernimiento en lo que concierne un comportamiento maternal. Yo me quedé esperando por que se encendiese ese interruptor que activara el instinto. Nunca llegó. Pensé, ¿Acaso es una programación que me falló en el cerebro? ¿Será un problema generacional? ¿Será que la depresión post-parto desacró aquel momento tan íntimo que debió ser la primera amamantada de mi infante niño? No lo sé. Solo sé que yo no le amé cuando nació.

Yo dí a luz el 30 de diciembre del 2010. Recuerdo que llegamos al hospital a las cinco de la madrugada, tal como lo había asignado el doctor. Fue un parto frío, en un hospital frío con enfermeras frías. El cordón umbilical se había enrredado alrededor de su cuello, por lo que tuve una cesárea de emergencia. Me pusieron la anestesia. Me acostaron sobre una mesa de metal, amarraron mis brazos a los lados y me pusieron una máscara de oxígeno que apenas me permitía respirar. Instalaron una cortina que separaba el cuerpo de mi cabeza para que yo no pudiera ver la cirujía. Detrás del blanco telón rebanaron mi vientre y a lo lejos lo escuché llorar. A lo lejos el nació: sin mí. Luego de la cirujía, estuve en el cuarto de recuperación por tres horas. Estuve sola imaginando como me sentiría al finalmente conocer quién era mi hijo, repasando todo lo que me habían dicho sobre lo que es la maternidad. Mi padre me había repetido muchas veces que ya yo no viviría por mí. Mi abuela me repetía que mi personalidad sufriría un cambio radical. Lo repasé mientras me recuperaba. Un día después, me despertaron para decirme que el momento había llegado. Iba a amamantar a mi hijo, lo iba a conocer. Para ello tendría que caminar hasta la sala de lactancia. Cuando llegué, me lo trajeron y…nada. Al momento de sostenerlo, al momento de mirarle directamente a los ojos, yo no sentí esa conexión instantánea de la que tanto me hablaron. No me arropó la ola de amor incondicional que me hace mirarle y decir “Te amo más que mi vida misma, daría mi vida por ti”. No fue así. Le observé con detenimiento. Lo amamanté. Me dolió. Lo aguanté con cuidado. Sentí su delicada piel, acequé mi nariz sobre su pequeña frente; olía a talco. Era una criatura extraña, una mascota que por ley y responsabilidad yo no podía dejar morir. Eso era todo. La ola que me arropó no fue de amor, sino de culpabilidad.

Ese amor mágico y romantizado que la cultura jura que es instantáneo: es un mito.

Ese fue mi primer choque con el mito del amor incondicional. Ese fue el primer paso que dí para descubrir que el amor materno, ese amor mágico y romantizado que la cultura jura que es instantáneo: es un mito. No todas las mujeres lo experimentan de la misma manera. La disonancia con esa visión fácilmente se convirtió en culpa y sentí que algo estaba mal conmigo. Yo tuve que atravesar ese choque para aprender que estaba bien que mi experiencia no cumplió al pie de la letra con lo que dicen todos los libros o los medios. A veces hasta sospeché que el mito del amor maternal se pinta como una experiencia espiritual para promover la procreación, como si fuera una propaganda diseñada para alentar a las únicas fábricas de soldados, doctores e ingenieros que tiene la sociedad y eso solo alienta la visión de que es un deshonor no querer ser madre, pero más aún, es una crueldad serlo y no sentir amor por lo que haces.

Cabe aclarar, hoy en día yo amo a mi hijo. Lo amo con intensidad pero no lo amo por el hecho de que es mi hijo y yo su madre. Yo no le amé por condición de base. Yo me enamoré del con la acción y con el tiempo. Yo le amé al verlo crecer, al verlo florecer en una persona. El se ganó mi amor. Él ha crecido para ser un niño de bondad y empatía. Es un niño curioso, bondadoso, y por lo que he visto estos 7 años desde que nació, cada día lo amo más por quién es como persona y no por su relación biológica conmigo.Mi hijo me enseñó la lección más fuerte que he aprendido: El amor no es lo que sientes, como esa fantasía que se pinta en las películas sobre el despertar maternal, el amor es una decisión. El amor es lo que haces. Amor es soportar el dolor infernal que es amamantar a las tres de la mañana una semana después de parir. Amor es pasar nueve horas en el hospital porque se tragó un centavo. Amor es llevarlo a un concierto de Atención Atención. Amor es cantarle, leerle, jugar con él aun cuando estás aburrida, cuando no quieres, cuando estás cansada. Amor es responder sus preguntas. Amor no es la recompensa de sentirse bien con endorfinas, con serotonina, con dopamina. Amor es no esperar a una ola de amor espiritual para ser madre. Amor siempre es acción.

Nunca quise ser madre.  De a veces, aún no quiero serlo. Hay días que el cansancio me devuelve ese sentimiento de culpabilidad por no estar enamorada de mi profesión de madre, pero les aseguro que cada día que lo despierto, antes de ir a la escuela no fallo en decirle,
“Buenos días mi niño, te amo.”

Te voy a Regalar una Memoria

Frida Khalo.
The Two Fridas, 1939


(Escrito en las páginas de un cuaderno confiscado)

Sábado 19 de noviembre del 2016
2:20am
Querida Xaymara,

Disculpa que invada tu cuaderno. Sé que casi no me conoces, pero quizás mi imposición lo haya decidido el destino y no yo. Que difícil debe ser escribir junto a una extraña y qué atrevida debo ser para halarte hacia mis letras, en tu espacio, con tu tinta, tu pluma, tus líneas, pero la espontaneidad nunca arrepiente, siempre vale la pena. No importa la dimensión en la que nos hallemos, escribirte siempre habrá valido la pena y no hay nada más hermoso que una carta escrita a puño y letra.

Desde que comencé a escribirte esta carta tuve un propósito en mente: regalarte una memoria. Quise dar este paso tan agigantado, tan vulnerable, así, de la nada. Regalarte una de mis más preciadas memorias solo porque… me parece que la mereces. Mereces una memoria incondicional. Quizás estoy equivocada, quizás no, es cuestión de fe. (Hace tiempo aprendí que debería enfocar mi fe en las personas de carne y hueso, pero eso es otra memoria para contar en otra carta). Te voy a compartir este pedazo de mí, porque la escritura siempre conlleva un acto de reminiscencia. ¿Y para eso estamos hoy aquí no? Estamos escribiéndonos para recordarnos.

Recuerdo cuando estaba en cuarto año de escuela superior. Mi clase graduanda…digamos que no me comprendían. No me trataban mal porque yo me marginaba, pero sé que fui testigo de muchos abusos de estudiantes como tú y como yo que fueron juzgados por ser diferentes. Yo siempre logré enajenarme de esos círculos. Recuerdo una vez en la hora del recreo que comencé un juego al azar de pantomima con ella. Ella se encontraba en el balcón del tercer piso del pasillo escolar y yo en el campo desde abajo me dedicaba a tirarle besos, como si yo fuera Romeo y ella Julieta.

Yo le amé. ¿Sabes? Esa mujer sabe cómo funciona mi cabeza. Lo nuestro era una amistad de esas que retienen la pureza de la infancia, sin celos, sin drama, ella sin vergüenza (o quizás con un poco de vergüenza) me tiraba flechazos imaginarios y yo los esquivaba. Le devolvía los golpes, recargaba mis armas y con las palmas llenas de aire, yo jugaba y ella jugaba y éramos poesía consonante, éramos hermanas. Mientras tanto a mi alrededor se conglomeró el público. Los estudiantes se preguntaban que rayos estaba haciendo yo, danzando sobre la grama, lanzando besos y flechas imaginarias. Mi burbuja imaginaria me mantenía en calma. Con una pared entre medio de sus juicios y mis alegrías. Los sueños, los versos, los besos y las flechas se fueron convirtiendo en un juego; un partido de pelota.

La multitud que más me juzgaba eran mis gradas. Me tildaron de demente y me aclamaban en mi locura, mi trance, embriagada de amor e inocencia yo les invitaba a que se me unieran, que jugaran conmigo a la locura, que jugaran conmigo al amor invisible. Pero nadie se me unía. Ella tiraba besos desde su cómodo balcón fuera del escrutinio, y yo abajo bateaba sus besos. Los observaba volar en alguna dirección. Dos o tres los bateé como homeruns y dos o tres fueron fouls.Y yo bateaba y era árbitro simultáneamente. Mis gritos de frustración y alegría se llevaron la mayor atención del público que se mantuvieron atentos a mi espectáculo. Yo necesitaba un equipo que velara las bases que me inventé, necesitaba un bateador que no tuviera miedo a fallar. Hice un llamado al público a que cruzaran mi burbuja, que soltaran la vergüenza y que formasen parte de mi equipo. Desde luego, estábamos ganando. Ellos aplaudían con cada batazo, cada carrera, pero nadie quería jugar. Nadie se atrevió.

Entonces sonó el timbre y entre risas se fueron dejándome sola, en la sombra, arrancándome de la única dimensión en la que puedo existir. Normalmente estoy ajena a todos, ella, mi amada amiga no me abandonó, pero no creo que llegó a cruzar la línea atrevida que divide la poesía de la realidad. Ese día aprendí realmente a estar sola. Aprendí a amar la pantomima, aprendí a amar las aclamaciones aunque lejanas, aprendí a amar la multiplicidad de mi vida, cuando las burlas se contagian, aprendí, Xaymara, que el amor más puro lo encuentras en la soledad. En el recreo, en la pantomima, en el juego, lo encuentras en tu burbuja y no en la de nadie más. Los peores testigos algunas veces son la mejor audiencia. Yo solo quería jugar. Ser feliz fuera de las haciendas de crueles pupilas que solo te quieren esclavizar con timidez, con callar.  Pero yo crucé, Xaymara. No escapé. ¿Entiendes? No me escapé. Me atreví a desear algo inasequible a sabiendas de que me iba a decepcionar. Fito Paez una vez escribió que el hombre se hace fuerte cuando se decepciona. Y solo el fuerte, el decepcionado, aprende a amar de verdad.

Por esto te escribo, por eso me impongo en tu vida con mis memorias. Porque te amo.
No te asustes. No es una declaración de amor…Bueno… sí lo es. Pero es una declaración a la Narrativas Emergentes. Rompiendo forma y contratos y contextos sociales, te digo que te amo sin ataduras, sin tabúes, te lo digo con la más sincera inocencia. Te digo que te amo porque quiero ser más fuerte. Porque quiero ser más valiente. Y me atrevo a amarte sin conocerte, porque siempre es mejor comenzar amando. Porque quiero presentarme con originalidad.
A puño y letra, esta noche te escribo para recordarte que eres genial y que ojalá que nadie que diga lo contrario pero si alguien lo hace, te reto a que juegues con pantomima y le lances un beso. Te reto a que ames con fervor en este mundo tan hostil, tan cruel, en este mundo que no te da una razón para tener fe, este mundo que no te da nada en que creer. Vístete de soledad, en tu burbuja de arte, enajénate de las burlas del mundo que no quieren jugar, y demuéstrale a todos que quedarse en las gradas juzgando a los que enriquecemos el mundo con otras dimensiones es una pérdida de tiempo. Amar duele pero siempre se extiende, siempre es contagioso, y contagiar el amor siempre es más fácil para nosotros los artistas, y esa energía, nunca es en vano. Te contagio mi amor de extraña y haciendo esto desde el fondo de mi corazón, te doy las gracias.

Gracias por escribir junto a mí.
Gracias por vestir tu capa roja.
Y ahora, más aún gracias
por albergar mis memorias.

Amorosamente,
Krystel Bravo

" Where the direct way is lost"

 

 


“En la época en que yo tenía amigos, muchas veces se han reído de mi manía de elegir siempre
los caminos más enrevesados: Yo me pregunto por qué la realidad ha de ser simple.
Mi experiencia me ha enseñado que, por el contrario, casi nunca lo es
y que cuando hay algo que parece extraordinariamente claro,
una acción que al parecer obedece a una causa sencilla,
casi siempre hay debajo móviles más complejos.”
‘-Ernesto Sabato, El Túnel
NOVIEMBRE 2016

Conceptualmente me he adherido a esta noción (que quizás tenemos todos) de tener una dirección, aunque es mi naturaleza resistirla, siempre lo ha sido. Con todo esto de los matices, la polaridad, la musa del vacío, con todo esto de girar en torno a la insatifacción, con todo esto del nomadismo, de detestar lo sedentario, la hipoteca que me amarre a un título, la propiedad, las etiquetas…No se trata de rebeldía, se trata de autenticidad, de consciencia del ser. Hay unos sistemas de vida que funcionan para unos, hay estilos de vida que funcionan para otros.
He hecho un agigantado esfuerzo para moldearme a los sistemas equivocados, de cambiar mis hábitos idealistas por una filosofía terrenal que lo único que hace es arrancar de mí todo lo que me hace…Yo. Es una filosofía de comformidad ante la inminente impotencia, de aspirar a la comodidad, a la complacencia, a la productividad.

 

      Quizás cambié mi voz por un par de piernas.

Utilizo muchas métaforas de perdición en mis reflexiones.

Estar a la deriva
Brújula rota
Ceguera

Todas tienen algo en común: la incapacidad de decir donde estas o predecir hacia donde te dirijes.

¿En qué momento se me olvidó que esa  ansiedad es producto de las inseguridades del hombres al no poder coincidir con sus propios constructos sociales?

Yo soy viento.
Yo soy Sirena.

 

Yo no me abstengo por estándares de ordinaria cotidianidad.

Uno por uno me desvisto de hogares
Uno por uno me desvisto de guías
Una por una me desvisto de expectativas.

 

Las agallas valen y siempre valdrán más que las piernas.

Y si algo tengo, es agallas.

 

La templanza es y siempre será mi peor enemiga.

 

 
 
Este experimento se acabó.                                                                                                
Me devuelvo a la deriva del mar 
                                                      
 Donde pertenezco.