La Fuente

FEBRERO 2018

Una de las cosas que he estado pensando es en cómo la percepción de nuestra realidad cambia dependiendo de ciertos químicos en el cerebro. Las asociaciones simbólicas con la realidad dependen seriamente de la amigdala, de la serotonina y dopamina, y si en esta vida un individuo quiere sentirse autosuficiente y self-aware, tiene que estar expresamente consciente de los mecanismos que construyen nuestra percepción.

La melancolía, la tristeza y la nada, son adictivas. Son como ninfas del ultramundo que te hipnotizan sin darte cuenta. Que noción tan extraña esa, el estar adicto a lo que combates ( si es que lo combates). 
Por eso hay veces que aunque la depresión convence tu cuerpo de estas exhausto, es necesario retar lo que percibes y moverte, salir al sol y forzar los mecanismos biológicos a que secreten las hormonas necesarias para funcionar. Ese tipo de meta consciencia es extenuante. Es como estar consciente de que respiras todo el tiempo y tener que hacerlo manualmente mientras haces todo lo demás cuando debería estar automatizado.
Que locura esto de estar consciente de que tu cuerpo de engaña! Es como vivir en una ilusión óptica y tener que recordarte todos los días de no confiar en nada de lo que ves.
Nada de lo que sientes es real. Es un desbalance químico que tienes que ingeniártelas para someter a tus demandas. Pero para eso tienes que estar consciente.
Ese es el verdadero precio del saber. Sentirte como una computadora media rota.
¿Alguna vez has presenciado a alguien ser feliz y pensar
“ Que idiota. Que ignorante. Esa persona no está consciente de quién es ni donde vive”

Es eso. Ese tipo de pensamiento, correlacionar la felicidad con la ignorancia y la estupidez lo que te mantiene infeliz.
Por que, claro “ No hay nada peor que ser estúpido o ignorante.” ¿Verdad?
No, de verdad que no. Asociar la felicidad con la idiotez no es algo saludable. Es parte de esa ilusión óptica. Es parte de ese sutil descenso deliberado a la miseria, la que se ha romantizado como meta crucial para ser un buen artista. No hay nada como el dolor para hacer buen arte.

No, eso no es así. Y yo lo sé. Esta dicotomía, la guerra entre el pensar y el sentir, se define así, así, como disonancia cognitiva, como el peor uso de la imaginación.
Un buen artista vive del arte donde otros no lo ven. En una hoja caída, en el pueblo olvidado, en una fuente vacía.

Eso me recuerda cómo hace varias semanas decidí una noche decidí ir al Centro de Convenciones. No adentro, afuera hay una fuente y un estanque un camino tranquilo por donde caminar. Nunca he entrado al centro, las afueras tiene unos espacios donde se esconde una magia.  Una magia hidden in plain sight. Un lugar tan público pero ese pequeño parque frente siempre esta vacío. Tiene un paseo tablado sobre un estanque. Tiene un pequeño local abandonado que parece tener diseñada una tarima sobre varios metros de grama. Esas esquinas recónditas han sido mis lugares favoritos para pensar hacen varios años, van siete o seis años desde que lo visito para pensar. Pero cuando fui a visitarlo hace poco, me dio una ola de tristeza que no pude aguantar el llanto. La fuente y el estanque estaban drenados, por el huracán María. Y con ese drenaje quedó expuesta la maquinaria de la fuente. El esqueleto de la fuente. Fue como un mago revelando cómo hace sus trucos. El espíritu de mi recóndita esquina se había escapado. Solo quedaba un hueco gris, una tarima con basura, y un paseo tablado frente a una piscina de piedras. Me sentí tan amargamente reflejada en ese vacío que tuve que irme.
No pude soportar eso.
¿Pero ves? De esto hablo. Ese momento tan miserable y tan triste y tan gris es parte de el miserable filtro de ese desbalance. La poesía se encuentra en donde decided verla, y la decisión es gran parte del arte. Es lo que  le da poder.
Aún no he vuelto, pero quizás vuelva un día pronto para reajustar mis asociaciones y reencontrarme con la magia que me hace Krystel.

Categorías:Diarios

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