El Amor es una Decisión

El día me recibe con una fría mañana. Me levanto con pesadez, con morriña aún insitente en mis párpados, pero con cada paso me recibo en el presente como un ente con propósito. ‘Soy dichosa’ me repito cuando me lavo el rostro, cuando me acurruco en la cama con mi hijo y comienzo a contar hasta quince con calma;

Uno, dos, tres, cuatro…
Es un hábito que adopté para permitirle prepararse para abrir los ojos y comenzar el día sabiendo que el es mi prioridad, y que no importa cuanta prisa tengo, el siempre es lo más importante. Es así que le dejo saber que no importa cuanta prisa haya, siempre tengo tiempo para decirle “Buenos días mi niño, te amo.”

Recuerdo el día que me enteré que estaba embarazada. Tenía 19 años y pasé toda una noche llorando en el baño, aterrorizada. Recuerdo que lamentaba la pérdida de mis estudios, el futuro que imaginé tener, recuerdo cómo sentí la susodicha libertad apartándose de mí. Tenía una criatura en el vientre, y yo sentí mis ilusiones desvanecerse, siendo reemplazadas por la incertidumbre. El miedo se apoderó de mí. Una de las preocupaciones más grandes que tuve era pensar en cómo adherirme a los estándares de maternidad que yo había conocido. ¿Cómo iba a aprender a amar a algo tan desconocido, algo que tanto había interrumpido mis planes?

La primera pista que debí notar fue la primera decisión que tomé. Decidí que lo iba a tener. Decidí que era mi hijo. Fué desde entonces que poco a poco fuí aprendiendo que el amor no es un sentimiento porque los sentiemientos son fluctuantes, el amor es una decisión que se toma todos los días. Muchos pensamos que tal cual las películas y los libros lo han mostrado, el amor es una infatuación que siempre tiene un final feliz,  pero yo aprendí poco a poco que el amor es más que un sentimiento, el amor es acción.

Cinco…seis…siete…
Mi hijo fue fuente de mucha controversia, pero el ha sido mucho más que eso. Como joven madre he sido víctima de discrimen y subestimación, pero nadie puede dictarme quien soy. Yo descubrí lo que es el amor al conocerlo, al verle crecer, al verme decidir noche tras noche, con cansancio y frustración: él vale mas que mi descanso. De eso se trata el amor, de una disciplina que nace con esa primera decisión, la que tomamos a pesar del miedo, del juicio externo, de las circumstancias que quizás no nos favorezcan. Amor es más que una sensación, amor es una disciplina. Amor es decidir calidez sobre el frío, cuando lo segundo es lo más común.

Ocho…nueve…diez…
Yo no le amé por condición de base. El se ganó mi amor. Él ha crecido para ser un niño de bondad y empatía. Es un niño curioso, bondadoso, y cada día lo amo más por quién es como persona y no por su relación biológica conmigo. Mi hijo me enseñó la lección más fuerte que he aprendido: El amor no es lo que sientes, como esa fantasía que se pinta en las películas sobre el despertar maternal. El amor es lo que haces. Amor es soportar el dolor infernal que es amamantar a las tres de la mañana una semana después de parir. Amor es pasar nueve horas en el hospital porque se tragó un centavo y debes esperar a que un especialista aparezca para que lo saque de su garganta. Amor es cantarle, leerle, jugar con él aun cuando estás aburrida, cuando no quieres, cuando estás cansada. Amor es responder sus quinientas preguntas. Amor no es la recompensa de sentirse bien con endorfinas, con serotonina, con dopamina. Amor es no esperar a una ola de amor instinctivo para ser madre. El amor simplemente es acción.

Once, doce, trece…
La apatía, la superficialidad, la ignorancia, el egoísmo, todo esto es a lo que yo le llamo el frío. El frío es una gran amenaza a esa visión tan consoladora de lo que pensamos que es en lo que consiste la maternidad. Si, el frío esta rampante en nuestros tiempos, pero para ser madre no se puede esperar a que el . Las madres  se mueven con una intención hambrienta más allá del frío, más allá del dinero, más alla del juicio. Las madres crecemos en lo que es cálido. Cultivamos bondad con ternura, y eso siempre nos recuerda que todos los sacrificios valen la pena.

Todos los días me despierto con frío, contemplando el día que me espera. Pero cuando me detengo para contarle los últimos segundos de descanso que le quedan a mi hijo antes de ir a la escuela, me doy cuenta que por mas que me desespere por mi pasado, mi futuro, imaginando cosas que nunca fueron o nunca serán, imaginando todas las ramificaciones de estas consecuencias, imaginando el efecto que todo ha tenido en mi persona, en este laberinto de consideraciones encuentro mi hilo de Ariadna: mi hijo.

Categorías:Diarios, Poesías y Prosas

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