Tu Promesa

 MAYO 2018


Recuerdo el día que te conocí. 

Gabrielli me dijo “ Es escritor. Es inteligente como tú.” Con un arranque de arrogancia decidí escribirte, con tal de poner a prueba qué tan inteligente realmente eres. Obviamente un extraño no lo sería tanto como yo. Especialmente uno con una foto como esa. O esa. O esa… Un extraño fan de HIM. Uy. No. (Ay pero ese cabello largo negro ondulado…)

Te puse a prueba. Te escribí. Me respondiste. Como presumido que eres mencionaste a Poe. Baudelaire. Yo a Camus. Sartre. Mencionaste siempre haber querido leer Náusea

Arrogantemente te subestimé. Quise subestimarte más. Pero no podía esconder que estaba intrigada. Esa misma noche te propuse matrimonio. 

Todo, via chat.

 

Recuerdo…

Recuerdo el día que te conocí. Por mi complejo controlador fui a recogerte. Juntos fuimos al bar. Recuerdo verte caminar hacia mi guagua con tu negro jacket y tu cabello suelto. Gabrielli me rogó que me maquillara. Pero soy arrogante, ¿recuerdas? Cuando te busqué tenía el rostro al natural. Escuchamos música en el estacionamiento del bar en lo que llegaba Gaby. Allí mismo me maquillé. Frente a tí. Usando los dedos como brochas. Deslicé la sombra sobre mis párpados frente a ti, porque la única persona para la cual me maquillo, es para Gabrielli. ¿Recuerdas? Escuchamos a Enrique Bunbury. Una Canción Triste. Sácame de Aquí. Anidando Liendres. Las recité para ti. Cantaste conmigo.

Esa noche bebimos poco. Pero me encantaste. Me encantaba que intentabas resistirme. Mantener un poco de distancia. Me encantaba tu aroma, tu críptica actitud detrás de tus lentes. Tu inaccesible y envidiable cabello, tu voz… 

Lo admito. Te subestimé. 

Quería subestimarte más. 

Esa noche te acompañé fuera del bar. 

Como símbolo de nuevos comienzos escogiste esa noche para fumar tu último cigarrillo. Solo te quedaban dos. Tomaste el tuyo y me regalaste el otro. 

¿Acaso fué la cerveza? ¿Fué así cómo recosté mi sonrisa sobre mis manos mientras te observé aquella medianoche? Tus ojos se perdían, tu lenguaje corporal cerrado y frío. Pero tu sonrisa tierna. Te hice reir, y tu carcajada aliviaba algo en mí. ¿Mi arrogancia, tal vez? 

Volvimos al carro, y escuchamos más música. Hablamos. Hablamos de poesía. Hablamos de Poe. Te dije que podía recitar algunos trabajos de Poe de memoria. Recuerdo que me escuchaste con detenimiento aquella medianoche, en el estacionamiento del bar, me observaste con atención…


True! Very very nervous I had been and am! But why will you say that I am? The disease had sharpened my senses, not destroyed, not dulled them! Above all was the sense of hearing acute. I heard many things in the heavens and on earth… I heard many things in hell…

 

Claro, no me permitiste terminar el monólogo que te recité con tanta emoción. A mitad de- me besaste.

Nuestro primer beso, me lo robaste con el verso de Poe en la boca, para substituirlo con tus labios. 

 

Recuerdo…¡claro que recuerdo!

Recuerdo que el día siguiente te confesé mis pesadas verdades, mis personalidades, mis pecados, mis penas, mis metas, como un golpe de agua, mi reflejo era ser honesta contigo sin filtro, así como una loca. Activé cada una de tus minas mentales, tus avisos de peligro. Mi descuido. Ese día perdí mis audífonos y tu confianza.

 

A la noche me expresaste tus miedos. Tu intención de alejarte. Me expresaste que quizás yo necesitaba tiempo para sanar. Para resolver cuales cabos sueltos yo tenga. Me sugeriste distancia que solo deberíamos ser amigos.

Yo te respondí que si querías alejarte que no lo escondieras tras la excusa de protegerme.

Discutimos. Peliamos. 

Te alarmé con mis desajustes, y te alejaste.

 

Pero lo más que recuerdo de todo esto, fue el día siguiente. Donde pasé la mañana decepcionada y arrepentida. Y al medio día recibí un mensaje de que me habías dejado algo en la oficina de la escuela donde yo trabajaba. 

Cínica, te pregunté si eran flores. 

Me dijiste que solo lo fuera a buscar.

 

Cuando llegué a la oficina, la secretaria me entregó unos audífonos blancos.

 

Te pregunté si eran míos.

Dijiste que no. Eran los tuyos.

 

Me preguntaste que qué yo pensaba que te referías con ello.

Te respondí, “ Que no te vas a alejar.”

Me dijiste,

 

“ No. They’re a symbol of my promise to you: to return what you’ve lost even if it comes at a personal cost to me.” 

 

 

Hoy, es nuestro aniversario.

Aniversario de cuando te subestimé y derrumbaste mi arrogancia. 

De cómo cumples con tu promesa de devolverme lo que he perdido. (Actualmente tengo un tercer o cuarto par de audífonos tuyos) 

 

De cumplir con tu palabra con disciplina, con atención y con acción.

 

Me amas.

 

Lo sé, porque cada vez que te he regalado un libro, lo has leído. 

Leíste The Fall y The Stranger de Albert Camus. Leíste las obras teatrales de Jean Paul Sartre. Leíste Las Flores del Mal de Baudelaire. Leíste Let us Compare Mythologies de Leonard Cohen. Leíste The Lords and the New Creatures de Jim Morrison. Inclusive leíste Brilliant Air Brilliant Fire de Gerald M Edelman, libro que compré y te regalé solamente para ilustrarte el porqué yo estaba bien y tu mal en un argumento. 

Yo tan orgullosa y tu tan agraciado, lo leíste. 

 

Lo sé porque te encargaste de Sebastián para yo poder ir a la universidad, aunque el día anterior habíamos discutido y peleado. 

 

Lo sé porque cuando me estaba volviendo loca sobreleyendo, nerviosa de no saber lo suficiente para mi Tesina, me quitaste los libros y me obligaste a escribir.

 

Lo sé porque insistes en ver las películas de Harry Potter conmigo, no porque te gusten, sino porque te diviertes cuando obsesivamente señalo las diferencias con los libros. 

 

Lo sé porque, aunque no te gustaba, escuchaste Hamilton por completo para conocer su historia por mi. 

 

Lo sé, porque tienes una colección de juegos que compras en el Playstation, para Sebastián.  

 

Lo sé porque aún tras meses de depresión, de desánimo, de desesperanza, cuando intento alentarte, no me disuades, sino que encuentras comfort en mi ánimo y te levantas.

 

Lo sé porque cada vez que me has dicho que mejorarás alguna actitud de la que, en mi arrogancia, me quejo; me sorprendes tragándote tu orgullo y me consuelas.

 

Lo sé, porque veo que lo que me querías devolver no eran los audífonos, sino la esperanza. Y cumpliste con tu palabra.

 

Lo sé porque cuando me dices que me amas, te creo.

 

 

En mi arrogancia, te subestimé. 

Tu en tu gracia, comprobaste que Gabrielli  se equivocó, eres más inteligente que yo.

 

Y porque me desmentiste, Samuel, hoy soy mejor persona.

 

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