Enoclofobia

Vivo en una pequeña isla en el caribe, un 100×35, donde la población es de 3.19 millones. Lo que significa que siempre que hay un evento, hay una multitud. Por lo tanto, cada vez que veo algo que me interese, ya sea un concierto, un festival, o un estreno inevitablemente me someto a un ejercicio mental de evaluar el riesgo vs la recompensa.

Las multitudes me provocan ataques de ansiedad o pánico. Encontrarme en un lugar con demasiada gente, me quita el aire, mi cuerpo se tensa sin mi permiso o instrucción, tengo una voz insostenible, tengo temblores y me sudan las manos con escalofríos. La tensión me aprieta la espina dorsal. Me veo demasiado consciente de la inconsistencia en ritmo de mis pulmones, quizás se expanden demasiado dentro de las costillas o quizás se aprietan tanto que me asfixian. Estoy demasiado consciente del tambor de mi presión arterial en los oídos, estoy demasiado consciente del calor corporal de esa pared humana que me rodea y me asecha y cada vez me rodea mas y mas cerca, el ruido de las miles de voces, de la humedad del coraje de cada indigente pacífico que camina a mi lado.

La ansiedad corroe mi perspectiva, es por eso que ese ejercicio de evaluar los pros y los cons no puede faltar.
¿Vale la pena el estreno de esa película o puedo esperar tres semanas hasta que baje la fiebre? ¿Vale la pena ese concierto o mejor lo escucho por Spotify?
¿Vale la pena ese festival o mejor lo veo por Facebook?
(Usualmente la respuesta es la segunda.)
Pero hay cosas para las que es necesario hacer el sacrificio.
Hay cosas para las cuales se activa un nivel de emergencia y hay que anular el sistema.

Es por eso, que ahí estuve.


Adolorida, sin aire, con poca voz, con pocos ojos, con poca piel, en un mar de cientos de miles. Navegando las aguas de mi bandera en luto, gritando por justicia, estuve ahí tragándome el pánico porque hice mi ejercicio mental.
Porque evalué el peso de mis opciones y determiné que el silencio no vale la pena. Determiné que darle paso libre al lavado de dinero y a un término entero de más corrupción y osadía en la oficina del ejecutivo más alto de mi isla, (donde la integridad y la responsabilidad debería ser un requisito no-negociable), me causa un pánico indescriptible. La gota que colma mi tolerancia a esta ansiedad es ser testigo de cómo este individuo tiene la audacia de pedir perdón y mofarse de un pueblo con el mismo respiro. El mismo pueblo que solo pide lo mínimo para vivir digno y sin necesidad de limosnas, mientras los grandes que se juegan nuestro valor cuando único no discriminan es a la hora de alimentarnos a los cuervos, estemos vivos o muertos.

Es por eso, que ahí estuve.


En el lugar donde menos pánico puedo sentir, en el mar del millón que sienten la misma ansiedad que yo, donde todos por igual le tenemos terror al espacio que se achica y las opciones que se nos acaban, y todo solo punta a quedar atrapados en una deuda infinita y una economía sin salvación cuando el hijo del mesías nos vendió a los fariseos entre risas y memes.
El pánico me aprieta el esófago pero entre mi gente, no estoy sola, porque tenemos ese pánico en común, tenemos la insistencia, la resistencia, el “Somos Mas”, el escupirle en la cara al miedo y seguir, el caminar a pesar del parálisis y el cantar a pesar de tener los pulmones apretados.

La experiencia nos obliga a añadirle factores a nuestro ejercicio mental de evaluación. Algo que me consuela es llegar a la conclusión de que quién tiene que temerle a la multitud, al pueblo, no soy yo.

EL, cada día está más solo mientras, el ruido en las afueras aumenta en decibeles.
Mientras el espacio se le achica,
mientras su espina se distrofia con escalofríos,
mientras se le aprietan y expanden sus pulmones a capacidad,
mientras la patria de la que abusó, le aguanta el puño y finalmente le dice “Basta Ya!”
mientras infectamos sus predios con nuestra indignación y lo único que ve a su alrededor es la insistencia que le recuerda que metió la pata y de esta no se salva,
mientras todos los días se convierten en un recuerdo de su fracaso inminente,
mientras es rodeado por todos aquellos que atropelló,
los que sobrevivimos y los que no,
mientras es inundado con el fuego de un pueblo que subestimó y ahora se las está cobrando con creces,
mientras se da cuenta que será el primer mandatario que será removido a fuerza de voluntad del pueblo y su recuerdo será el de un linaje que sostuvo una tradición de desmantelar una comunidad con hambre, sin techo.

Somos más, y hemos perdido el miedo a los números que ahora nos favorecen. Números que cada día aumentan, porque el mundo se nos está uniendo.

Con un número en crescendo como este, ahora me atrevo a diagnosticar a nuestro mandatario con enoclofobia (o a la misma vez… no.  Las fobias son miedos irracionales, y tenerle miedo a esta multitud no tiene nada de irracional).
Racional o irracional se trata con la misma receta: (Si escucha el pueblo se entera porque la hemos recetado mil veces)

En fin, yo reconozco que le tengo miedo a las multitudes.
Por eso antes de salir hago un ejercicio mental para determinar el riesgo vs la recompensa. Para determinar el precio de mi paz mental.


Y tu Ricky, ¿has hecho ese ejercicio?
Porque yo creo que tu miedo es mas grande que el mío.

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