Espuma y Nada Más

El jueves 29 de noviembre del 2018, me encontré con un grupo de compañeros de la clase de redacción que estoy tomando en La Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Esta vez, nos encontramos en el centro comerical Plaza Las Américas en vez del salón de clases. Nos reunímos junto a la fuente que queda de frente a Macys. El profesor Mario Alegre Barrios nos recibió con entusiasmo, y cuando el quórum necesario estuvo presente, nos repartió las instrucciones de la tarea. Nos instruyó que caminásemos por el centro comercial en parejas o grupos y que observásemos nuestros alrededores, que observásemos las personas. El propósito del ejercicio: ir en búsqueda de algo que narrar.

Encuentra la belleza en lo cotidiano, y transmítelo.

Cuando yo tenía diez años comencé a dibujar. Tenía muchos problemas con el pulso, aguantando el lápiz de la forma correcta, ajustando la cantidad de presión necesaria para descargar el grafito indicado para mis propósitos. Mi madre siempre ha sido artista y me dió la lección mas importante de mi vida artística, me dijo “Krystel, si quieres aprender a dibujar, debes aprender a observar”. En tanto comencé a dibujar todo lo que observaba. Mientras mi arte se desarrolló, aprendí que tal lección es aplicable para todo arte -incluyendo la escritura-. Por esto, ya estuve familiarizada con la tarea que nos dió el profesor. El propósito no solo es observar, sino interpretar. “Encuentra la belleza en lo cotidiano, y transmítelo.”

Mis compañeros y yo comenzamos la búsqueda de historias. Fuimos en pezca de algo que literaturizar, alguna belleza que plasmar. Caminamos con pequeños pasos, observando los ventanales de las tiendas. El mall estaba relativamente vacío ya que era un jueves en la tarde. Observamos los kioskos del pasillo, y nos cuestionamos la dificultad del trabajo de aquellos empleados que buscan reclutar compradores. Cuestionamos los estilos de moda otoñal mostrados en las vitrinas de las tiendas. Caminamos sin rumbo, siguiendo, quizas, el camino predeterminado diseñado por los arquitectos del mall. Lo seguimos hasta que llegamos al centro. El espacio abierto del corazón del edificio se adornaba con una brillante alfombra roja que marcaba el cuadrángulo. El techo de ventanas se veía adornado con cortinas de estrellas brillantes, perpendicular a la alfombra se encontraba una fila de cuatro falsos palmares que enfatizan la tropicalidad del frío establecimiento. El escritorio de información estaba entre dos gigantezcos juguetes de soldaditos de cascanueces. El público atravesaba la alfombra roja con ligereza. Mis compañeros y yo nos sentamos a un lado de la alfombra y notamos un letrero que avisaba el horario de la famosa nevada-evento que Plaza Las Américas organiza todos los años durante esta época. Quedaban 10 minutos para la próxima tanda, por lo que nos sentamos a observar.

 Una niña capturó mi atención. Tenía unos 5 años aproximadamente. Era delgada, energética, tenía un cabello largo negro ondulado. Su rostro era claro, abierto, sus ojos grandes y almendrados. Ella jugaba con una pequeña bolita de ule. Rebotaba la bolita contra el gigantezco soldadito de cascanueces, observaba la trayectoria de la bolita e intentaba predecir conde caería luego. La mayoría de las veces fallaba en sus cálculos pero eso no le detenía de reir mientras jugaba sola. Me quedé observándole por largo rato. Admiré la tenacidad de la niña, su energía, su insistencia. Le envidié la capacidad de maravillarse con un detalle tan sencillo. Me sobrecogió observarla tan entregada a la bolita hasta que unas bocinas comenzaron a sonar música del cascanueces. Entonces sus ojos se dirigieron al techo y sus pupilas se expandieron como si estuvieran presenciando magia por primera vez.

Encontrar la belleza en la cotidianidad también es encontrar belleza en la humanidad a pesar del sistema que le oprime.

Los abanicos comenzaron a soplar, y soltaban una espuma que daba la ilusión de nieve. La niña observó el espectáculo impresionada. Los niños a su alrededor danzaban bajo la ola de espuma que caía sobre la alfombra. Giraban bajo los copos de jabón, y corrían en todas las direcciones. Los adultos observaban a sus niños con cautela, las cámaras de sus teléfonos afuera, sus ojos ajenos a la maravilla de la experiencia sin pantalla, sin filtro, solo alegría y música y danza. Los padres se aburrieron rápido pero los niños siguieron corriendo y girando bajo la espuma. Pude indagar en el cinismo de la experiencia; en lo que significa la idealización de la nieve, la capitalización de esa ilusión tan enraizada en nuestra cultura, pude, quizás, recalcar el hecho de que la nieve (tal cual la estadidad) es una ilusión nada más.
Pero, ¿Para qué? ¿Por qué arruinar un espectáculo tan lleno de inocente alegría con el cinismo académico? ¿Qué importa que la iniciativa de traer falsa nieve es un esfuerzo fríamente calculado para traer más público a Plaza y por ende traer más consumidores? ¿Acaso aquella ilusión de los niños no es genuina? Encontrar la belleza en la cotidianidad también es encontrar belleza en la humanidad a pesar del sistema que le oprime. La niña guardó su pelota y bailó sobre la espuma. Yo me levanté de la esquina y caminé hacia el centro de la multitud de niños bailando y por un instante, me contagiaron su gozo. ¡Qué mucho nos perdemos por verguenza, por cinismo, por ser propios!

Luego de que se disipase la multitud, ya satisfechas con la experiencia, recordé un día de febrero hacen 19 años cuando visité a mi tía Litza en Massachusetts. El último día de mi visita: nevó. Pero fué una nieve que le llaman “wet snow”. Cae la nieve, pero el suelo no esta suficientemente frío y  ésta se derrite al aterrizar. Aún así, la experiencia fué igualmente mágica, lo efímero de su llegada de alguna manera le hizo aún más importante. Exactamente eso ocurrió con la espuma. Tan rápido como cayó, así mismo se esfumó, y la alfombra quedó limpia y roja como si nada hubiera ocurrido. La experiencia albergada solo en las memorias y las fotografías de aquellos que lo presenciaron. Desde la esquina, cerré mi cuaderno y comencé a caminar hacia la librería donde nos encontraríamos con el profesor. En el camino, reflexioné sobre la naturaleza de la espuma. La nieve puede que haya sido una ilusión, pero la magia fué real. Después de guardar mi cuaderno decidí que no querría manchar mis pensamientos con política, con cinismo, con razones para denunciar la “falsedad”de la experiencia. No quería manchar esa visión de pureza con pensamientos de mentiras y capitalismo y consumismo. No quería manchar esa pizca de esperanza y maravilla con críticas al establecimiento.

Creo que el señor Téllez comprendería cuando digo que no quiero mancharme de desesperanza, solo de espuma y nada más.

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