La Llamada

Todavía es la hora que sufrimos los rastros de aquella impotencia tan pesada que se generó en nuestra isla Post-María. Nuestra [Des]integrante Carmen Angélica señala esta frustración con una breve narración de ese día-a-día impotente no solo de quién necesita ayuda, sino de quién no tiene la capacidad de ofrecerla.


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La Llamada

— Buenos días en que puedo ayudarle?….Buenos días en que puedo ayudarle?…

Es la típica frase que yo, como especialista en servicio al cliente tengo que decir cada vez que entra una llamada a mi área de trabajo. La cantidad de veces que esta frase se repite durante el día es tanta que he llegado al punto de que digo las cosas sin pensarlas. Mi boca se mueve de forma automática cada vez que suena el teléfono y mi voz se vuelve robótica, con un tono frío y lleno de aborrecimiento por la cantidad de personas que se tienen que atender de la forma más amable posible, en tan poco tiempo.

Hasta que llega una de esas llamadas en que tienes que lidiar con una situación especial. Una de esas situaciones en que la compañía le ha fallado a su cliente en entregarle un material que significaría el terminar con las labores de recuperación post-huracán María. Son de esos momentos en que no sabes si seguir el protocolo de siempre o hacer una simple excepción, solo para dejarte llevar por tus instintos y tratar de hacer lo correcto. Lo moralmente correcto.

Traté de ser amable y mantener mi compostura mientras la persona, ciudadana del municipio de Yabucoa se desmoronaba por el teléfono, suplicándome que hiciera algo por ella, por su mercancía, por esa puerta que decidió pagar y que ahora es el único material que le hace falta para que por fin cierre ese capítulo tan doloroso que a muchos puertorriqueños les ha tocado vivir de diferentes formas. Sentía cómo se me formaba un taco en la garganta mientras escuchaba los sollozos de la mujer, desesperada, asustada, frustrada. Me dieron ganas de querer abrazarla tan fuerte, de querer decirle que todo se iba a resolver, de querer hacer algo por ella. Pero no podía, el sentimiento de impotencia era tan grande que no sabía que decirle.

No se cómo pude calmarla, pero de alguna manera logré pasar la llamada par que la atendieran en el departamento de entregas. Sin embargo, una vez colgué el teléfono, el taco en la garganta seguía. Cubrí mi cara con mis manos y respiré hondo mientras miles de pensamientos rondaban por mi mente. ¿Qué tanto les costaba entregarle una simple puerta? ¿Por qué los materiales se tardan tanto en llegar a la tienda? Ella solo necesitaba una puerta.

Una.
maldita.
puerta.

¿Es este el nivel de burocracia al que hemos llegado? La puerta estaba pedida desde febrero y estamos en junio.

A veces pienso que nos merecemos este tipo de cosas pues el nivel de ineficiencia que hay en este país es tan grande que nos hemos acostumbrado a ella. La hemos normalizado. Tenemos tanto que mejorar y tan poca motivación, tan poca ética. La ignorancia con el que se vive en esta sociedad es tan enorme. Nos intoxica. Pero más grande es el sentido de impotencia que nos ahoga. Nos insensibiliza como pueblo al no hacer nada al respecto. ¿En qué nos hemos convertido?

Lo único que le faltaba a esa señora era una puerta. Una simple y maldita puerta para cerrar esa etapa dolorosa de su vida.
Y todavía es la hora y
no la tiene.

 

por
Cármen Angélica

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