Doble Vara

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Estacionó el auto en la esquina del colegio. Trajo consigo la cortera donde guardó el celular y las llaves. A las 3:20 de la tarde un sábado no había nadie por el área. Ella caminó por la acera con los ojos sobre el teléfono; texteándole a sus amigas que se detuvo en el supermercado por unos minutos antes de caerle a la fiesta. Llegó a las altas puertas del templo y entró.

Estaba vacío, y había muchísimo eco. El ruido de sus pasos rebotaba contra los cuadros del viacruxis colgados en las paredes. Cada cuadro estaba añejo, con colores sepias y rojo ladrillo. Con cada año la angustia era mas tolerada. Ella ya estaba acostumbrada a esa culpa vieja.
Se sentó en el primer banco de madera, justo frente al altar. Su teléfono vibró dentro de su bolsillo, ella vio el mensaje.
Trae Don julio- dijo su amiga.
Traeré José Cuervo. Respondió y dio al botón del silenciador al teléfono.
 
-Hace mucho que no me siento aquí- dijo con la mirada fija la escultura del pobre colgado de la cruz.
-No sé. Siempre que lo hago me siento peor. Es casi como si me estuvieras diciendo que no vuelva, que no vale la pena. Pero que va. Aquí estas y aqui estoy. Vamos al mambo.- dijo mientras sacaba una cajetilla de la cartera. Colocó el cigarrillo sobre sus labios y buscó el lighter en la cartera. Tardó unos minutos buscándolo.
-¿Por qué tengo tanto fuckin’ reguero en mi vida?- murmuró mientras lo buscaba entre sus cosas. Al encontrarlo encendió el cigarrillo y recostó su cabeza del banco. Soltó el humo hacia la cúpula del templo. 
– Asi suben las plegárias y asi mismo se desvanecen en el cielo, como sucio y costra que agrietan el techo. Para eso vengo, para ensuciarte el techo.- dijo ella mientras tomaba otro sorbo del cigarrillo.
Escuchó los ecos de unos pasos que se acercaban a ella. El individuo se sentó en el banco justo detrás. Ella tomó un sorbo profundo del cigarrillo.
– No debes fumar aquí.- dijo el.
– Y tu no debes vestir el alzacuellos cuando me ves.- respondió ella.
Se quitó la pieza blanca del cuello y se la entregó en las manos a ella.
– Sabes a lo que me refiero.- dijo ella, mientras guardaba la pieza en su cartera.
– No vine a juzgarte-dijo él mientras se levantaba para sentarse al lado de ella.
– Déjame hablar sola en paz.- interrumpió ella.
– Debes irte.- dijo él mirándola a los ojos.
– Debo caerte encima en el confesionario para que sepas lo que realmente es una tentación. Pero no lo hago. Tú te escondes detrás del aroma a manzana, te vistes de ese perfume todos los días abundantemente, pero solo el hecho de que no lo has mordido es lo que te mantiene en tu puesto.- dijo ella tomando el ultimo sorbo que quedaba del cigarrillo. Cruzó sus piernas, y sopló hacia el altar.
– Lo que me mantiene en mi puesto es la valentía de resistir la tentación.- dijo él y tosió un poco.
– Tu no resistes tentación, tu te intoxicas de ella, eres adicto a ella. Buscas de ella. Solo que eres listo suficiente de no morder. El tecnicismo que te hace santo a ti y una puta a mí. – dijo ella sacando otro cigarrillo de la cajetilla.
– Tu fuiste absuelta… – empezó a decir el sacerdote.
– Irónicamente, por tí. Que ahora me bota de la iglesia.- dijo ella mientras se levantaba.
– No eres creyente, ¿por qué viniste?- dijo el algo frustrado.
– Es Domingo de ramos, la ultima celebración general antes de las cruzadas de Jesús. Además, quería que me dieras una ramita de esas.”- dijo ella antes de empezar a caminar hacia la puerta. El caminó hacia ella, le agartó el brazo y le miró a los ojos.
– Lo nuestro fue real, pero fue un error. Si la diósesis se entera… ” dijo el en voz muy baja.
– ¿Quién te absolverá a tí? No Dios, el solo te dejará en silencio. Solo yo podría absolverte. Lo único que tienes que hacer es arrepentirte.- Dijo ella y se soltó de su agarre.
– Devuelveme el alzacuello porfavor.- dijo el y extendió la mano.
– Me pertenece ahora. Vine a verte dar la misa a mirarte a los ojos mientras consagrabas. Vine a darte tu dosis.- dijo ella. Sentía el telefono vibrar en la cartera. 
– No sé que hacer contigo.- dijo él para sí.
– Nada, solo da tu homilía. Yo te esperaré  desde las gradas. Bajo la estación número cinco.- Dijo ella, dando sorbos a su nuevo cigarrillo. 
– No me hagas esto.- dijo él afligido.
– Dicho sea de paso, interrumpiste mi hora de reflexión con el Padre (el de verdad), así que tendrás que sufrir otra hora de mis confesiones.-Dijo ella buscando su celular en la cartera. 
-De todas las parroquias que hay en el área…- comienza a decir el
-Voy con la que mas me identifico.- dijo ella. Se acercó  al sacerdote y le besó suavemente los labios.
– Víbora.- respondió el, sin aliento.
– El burro le llama orejón al conejo. Nos vemos orita. Guárdame una ramita.- dijo ella y abrió la puerta. Comenzó a caminar sin mirar atrás. Tiró el cigarrillo a la calle antes de montarse en el carro. Sacó el alzacuello de la cartera y le olió profundamente.  Luego la guardó de nuevo en la cartera.
 
Creo que buscaré el Don Julio después de todo. Le textió a su amiga.
 
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